El 28 de octubre tuve el honor de asistir a una recepción en la
Residencia Oficial del Embajador canadiense, Jon Allen, para celebrar la
movilidad de los jóvenes entre España y Canadá. Acudí representando, junto con
otros cinco compañeros, al Programa de Becas de la Fundación Amancio Ortega
como becados de la 1ª edición del proyecto.
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| El Embajador Jon Allen con los seis becados |
Hace ya dos años que disfrutamos de la compañía del Embajador en el “acto
de envío” a Canadá para empezar la aventura de nuestras vidas. Fueron las
palabras de Jon Allen en aquel día las que me inspiraron a investigar sobre la
diplomacia, la política exterior y las relaciones internacionales. Y después de
pasar diez meses en el otro lado del océano, en la tierra del sirope de arce, del
hockey y del frío, es imposible expresar con palabras la riqueza que traje
conmigo y que no puedo sino compartir.
Canadá es un jardín con las más variadas flores. Las culturas que lo
conforman crean un precioso mosaico en el que al principio es difícil encajar,
sin embargo, una vez que pasas a ser una parte más del dibujo, nunca dejas de
serlo.
Jon Allen describe su profesión como “el trabajo más bonito del mundo”
ya que tienes la oportunidad, como diplomático, de viajar y visitar lugares
como algo más que un mero turista.
En la recepción conocí a D. José Manuel Ramírez Arrazola, diplomático encargado
de los asuntos relacionados con Estados Unidos y Canadá en el Ministerio de
asuntos exteriores. Anteriormente desempeñó el cargo de Cónsul general en
Monterrey (México), pasando luego por Polonia y por último, antes de regresar a
España pocos meses atrás, residió en Malta
Me explicó que, aunque solo podía hablar desde su propia experiencia, la
carrera diplomática recompensa con creces los sacrificios que la misma exige. Resaltó
que es una vocación para la que es indispensable tener claro que se basa en dos
pilares: “foreign” y “service” (la conversación fue en inglés para que un
profesor canadiense la siguiese sin problemas). La vida de un diplomático es la
vida un ciudadano al servicio de su país, de sus gentes y de sus intereses de
cara al extranjero. Es increíble conocer
diplomáticos de carne y hueso y comprobar que son personas cercanas y atentas.
Esto fue algo que de verdad aumentó el respeto que siento hacia aquellos que
dedican su vida a, de manera pacífica y contra viento y marea, dar la cara por
el país que representan allí donde estén. Le pregunté sobre las obstáculos del
camino para convertirse en diplomático y los dificultades una vez que se ejerce
como tal. Me contestó que la preparación para entrar en el cuerpo diplomático es
dura pero no imposible, que si sentía que era mi vocación no dudase. A pesar de
lo gratificante que resulta la profesión si es difícil mantener un equilibrio
con la vida personal que requiere también tiempo y dedicación. De hecho, me
comentó que cuando hace tres meses regresó a casa tras nueve años viviendo en
el extranjero cayó en la cuenta de cuánto echaba de menos España y cómo no se
había dado cuenta hasta ese momento.
Una vez que has conocido otras culturas, formas de ver la vida y de
enfrentarse a problemas. Una vez que has conocido otros lugares de los que has
pasado a formar parte y ese lugar de ti, eres, en cierto modo embajador. Embajador
que debe hacer uso de la experiencia que ha adquirido en ese tiempo para ayudar
a las personas de su entorno. Como nos pidió Jon Allen: no debemos ser egoístas
y no transmitir lo que se nos ha dado. La cara visible de la actuación diplomática
son los embajadores, pero la diplomacia es un proceso más complejo en el que
las gentes de los países receptores, con las relaciones que se establecen entre
las del país acreditante, son la clave del éxito.
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| Jon Allen en un momento de su intervención |









